Siempre que paso por la zona roja de Texcoco a una hora decente y durante el día, me topo con un señor que me recuerda a alguien. Supongo que vive en la esquina por que hoy lo vi sentado en una caja de madera a la puerta de la casa leyendo el periódico, y esa escena me ayudo lo suficiente para entender que la persona a la que me recuerda es a Don Piris.
Don Piris era un señor robusto de huesos grandes con manos pesadas y voz muy fuerte. Se notaba claramente su descendencia española. Nació en 1937 en Extremadura, España, y después de pasar la mitad de su niñez escondido en una cabaña alejada de la civilización a causa de la Guerra Civil, salió rumbo a México con sus padres, los 3 como exiliados políticos durante el Éxodo de 1939, aunque fue años después cuando ellos abandonaron las tierras europeas.
Se instalaron en un pequeño pueblo cerca de la ciudad de México. Texcoco estaba rodeado de ranchos y enormes extensiones de tierras cultivadas, y teniendo tan cerca la Universidad de Chapingo, las actividades agropecuarias eran lo que mantenía con vida al pueblo. Así que no pasó mucho tiempo para que don Manuel Teodoro Piris consiguiera un rancho de buen tamaño. Y así vivió el resto de sus días, en un país desconocido que acogió como suyo, cultivando la tierra y criando vacas y viendo crecer a su hijo José. Todos en el pueblo conocían a don Manuel como Don Piris, y al parecer no solo era su identidad, si no la de su prole. Y fue así que el titulo de Don Piris pasó años más tarde a su hijos José, a pesar de que el ya no llevaba el apellido Piris.
El tiempo hizo lo suyo y José terminó casándose con Guillermina Méndez, una mujer Jaliciense que trabajaba en la Universidad. Juntos instalaron una forrajera que les dio de comer a ellos y a su descendencia. Tuvieron 3 hijos y después 2 mujeres. Don Manuel falleció después de nacida la última niña y ya jamás pudo conocer a su sexta nieta. José perdió el rancho en un juicio legal contra la nueva concubina con quien Don Manuel contrajo matrimonio en México después de fallecida su esposa y tan solo se quedaron con todo el terreno de la forrajera y la casa. Con seis hijos encima, decidieron vender la casa y construir en los terrenos de bodegas una nueva casa para toda la familia. Llamaron a la forrajera “Forrajes Piris”, y todos en el pueblo (que eran muy pocos en aquel entonces) comenzaron a conocer a José como Don Piris.
Aparte de la forrajera, Don Piris tenía otros negocios como la fotografía y la caza. Como los hombres eran también los 3 más grandes, eran ellos quienes debían aprender todos los oficios y trabajos que a su padre se le pudieran ocurrir para sacar adelante a la familia. Don Piris era un hombre de mucha iniciativa y una enorme imaginación, además de muy activo y curioso. Y por estas razones nunca faltó el pan en la mesa, pues siempre encontraba nuevas cosas en que entretener su tiempo y ganarse unos billetes a la vez. También le gustaba mucho viajar, y era una persona muy sociable. Todos en el pueblo lo conocían por que a donde quiera que fuera se daba a conocer y se hacía escuchar. Le gustaba jugarse volados con los merengueros, y llevar a su primer nieto kilómetros caminando para traer leche fresca de vaca.
Su carácter era recio y muy fuerte, como buen español. Cuando levantaba la voz parecía que gritaba, y cuando realmente se enojaba (que fuera al menos 7 veces por semana) parecía que cientos de bestias salvajes inimaginables estuvieran peleando por un solo trozo de comida. Aunado a su pesado carácter que dejó traumas en sus 6 hijos, y que se transmitió aún a algunos de sus nietos, estaba su peculiar gusto por la comida. Como buen español, siempre disfrutó de las fuertes carnes y los embutidos. Disfrutaba también de las deliciosas comidas mexicanas, pero de vez en cuando había paella o fabada en la mesa. Fue así que sus continuos y fuertes corajes, y su pesada dieta trajeron consecuencias y don Piris se hizo un hombre diabético.
Dicen que cuando nació su primer nieto calmó mucho su carácter. El niño se llamó Manuel, igual que su padre (José Manuel, el primogénito), pero no era está la razón: le pusieron Manuel en honor al abuelo Piris. Don Piris era ya un hombre grande, maltratado por la vida que llevo, por los años y por la enfermedad. Era un hombre viejo físicamente, pero espiritualmente nunca envejeció. Y parece que con su nieto rejuveneció un poco. Se divertía jugando con el y pasando días enteros con el niño, y en ocasiones el mismo se comportaba como un niño.
Manuel era un pequeño tranquilo y muy callado. Le gustaba mucho observar todo lo que ocurría a su alrededor y permanecía atento a todo lo que pasaba. Divertía mucho a Don Piris contándole chistes de políticos que aprendía de sus profesores en la escuela primaria. Por la condición de sus padres, Manuel vivía en Morelos, con su abuela materna, pero cada que tenía vacaciones viajaba a Texcoco para ver a su abuelo. Se divertía jugando con los tractores de juguete que tanto le gustaba coleccionar al viejo. Pasaba horas sentado observando el fabuloso tren de juguete que solo su abuelo podía echar a andar, y le ayudaba a construir nuevas maquetas y paisajes para que los pasajeros ficticios viajasen. Todos los nietos eran uno un año menor que el anterior, pero a pesar de eso Manuel siempre fue uno de sus favoritos. Cuando Manuel apenas tenía 6 años nació Melissa, una niña callada y muy inteligente, hija de Maribel, la 5ª de la familia. Ellas vivían en Texcoco, y pasaban más tiempo con Don Piris, y al parecer también desarrollo un cariño muy especial por la niña.
El tiempo siguió pasando y con cada año Don Piris se cansaba más. Cerraron la forrajera y la convirtieron en 4 locales para el comercio. Con sus hijos ahora maduros y casados, la vida era más sencilla para Don Piris y su esposa, y vivían de lo que les dejaban las rentas de los locales. Pero el ingenio y la imaginación del gran hombre no le permitieron envejecer jamás. Se dedicó a pintar de bronce todos los artefactos de metal que tuviera y los juntó en una sola colección. Comenzó a comprar autos miniatura y armó su colección. Pasaba horas trabajando en el taller construyendo algún útil de madera. Salía con su bastón a caminar y a platicar durante horas con sus amigos o conocidos. Le gustaba mucho jugar al dominó, y cuando no tenía con quien jugar les enseñó a sus nietos, no solo a mover las fichas y acomodarlas como debía ser, si no a jugar realmente. Se compró una motocicleta, y una vez que la tuvo domada, le adaptó un carrito en la parte de atrás, y a pesar de los reclamos y las quejas de sus hijos y su esposa, subía a sus nietos a dar una vuelta. Adaptó un bastón para no tener que estar regañando a sus nietos todo el tiempo por sus travesuras, y le adaptó unas baterías para que diera ligeras descargas eléctricas por la punta, con las que no sólo reprimía, si no que también jugaba y los asustaba.
Un domingo, a sus 60 años, la enfermedad lo superó, y no se sentía en condiciones de levantarse. Acudieron sus hijos Manuel y Víctor, en compañía de sus esposas, y doña Guille llamó a su doctor. No sirvió de mucho que llegara y hablara con el, pues unas horas después, el 25 de Octubre de 1997 Don Piris cerró los ojos para siempre. El doctor dijo que fue un paro cardiaco provocado por la diabetes, pero que no había sufrido en lo más mínimo. Murió ahí delante de sus hijos y fue como si simplemente hubiera cerrado los ojos para dormir, pero nunca los volvió a abrir. Es la muerte más tranquila que he conocido en mis 19 años de vida.
Podría escribir una Novela entera hablando de mi abuelo, pero solo escribo para recordarlo un poco por que hoy, al ver a ese señor que se le parecía un poco, me acordé de el. Y me alegro de haber nacido antes que todos mis primos, por que yo tuve más Don Piris para disfrutar; pero creo que también lo extraño más que los demás.
1 comentario:
Gracias por escribir esta entrada. Mi abuelo murió hace tres años. No suelo hablar de ello y cuando llega la fecha de su muerte en vez de recordarlo hago como si fuera un dia normal y no digo nada. Creo que lo hago para no pasarlo mal. Solo tenía 10 u 11 años cuando esto y aunque es una perdida notable no lloré ni lo hago ahora con otra gente, también puede que sea eso lo que me acobarda. El caso es que leyendo esto me he dado cuenta que al menos él se merece que todos los 27 de Julio recuerde como era y lo que me daba, como cuando ya muy enfermo salio de casa y fue a la iglesia sin decirselo a nadie solo para ver a su nieta en el día de su primera comunión.Siento haber contado aquí algo mio pero no puedo pasar indiferente por aquí, siempre leo. Saludos de una española que tiene buen caracter, jejejeje.
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