Años y siglos de historia. ¿Por quien podría pasar? ¿por donde podría comenzar? Es tan sencillo como voltear atrás y ver la maravilla de tu historia, el legado llamado estirpe que viene dejando semillas, una tras otra. Unos se van, otros llegan. Unos terminan, otros comienzan. Y la historia sigue su curso, enseñandonos y aleccionando, alejando la sangre, uniendo gametos. Como dijo mi hermanita en la cena, “Yo brindo por los que ya no están, por los que se nos adelantaron” y como dijo mi otra hermana, la mayor “Yo brindo por los que acaban de llegar al mundo, por que este año hubo muchos scout que tuvieron hijos”. Complementos inequívocos e insensatos, sin deseo de ser, es solo que a una le toco vivir muertes y a la otra nacimientos. El mismo año. Y es así que tengo a la pequeña Lucila hija de mi tio Palemón, una niña de 10 años simpática, hermosa y linda como el nombre a quien le hace memoria, mi tía abuela Lucila, esa mujer alta y grandiosa, de buen porte que siempre veía con la frente en alto, bien parada y la espalda firme.
Hace unos días fui a Apipilulco, un municipio sencillo en el estado de guerrero. Y recordé. Recordé el tren anunciando su llegada, la estación llena de vendedores de memelas y galletas de maíz, de gente abordando con sus guajolotes y sus pollos, el tren lleno, a mas no poder, atascado, adentro la mezcla de olores de sudor y tierra del campo, olores de trabajo duro de sol a sol, de animales bramando y mugiendo, de señoras gritando sus productos, de señoras buscando a sus hijos y nietos por no recordar donde los habían sentado, por que era tal el alboroto social que, uno se perdía entre el tumulto y se volvía a encontrar, sano y agradable como siempre, por que no había alma alguna que se atreviera a lastimar, por que todo se hacía por el simple gusto de seguir viviendo. Era el tren que viajaba de la ciudad de México hacia el pacífico en Acapulco, y pasaba por mi pueblo, Puente de Ixtla, Morelos. Ahi lo abordabamos y seguía hacia cajones, pasando por Buenavista de Cuellar e Iguala de la Independencia, la estación de mas alboroto, subidas y bajadas. Pero nosotros las mas de las veces nos seguíamos hasta Cocula, y luego Apipilulco. Ahi terminaba nuestro viaje, entre el tunel del diablo y el puente de la mano negra, entre esos paisajes tan pintorescos y hermosos como solo los viajes en tren nos han presentado y nos presentarán jamás. Moviendose a una velocidad lo suficientemente buena para poder disfrutarlos y gozarlos al punto tal de maravillarse una y otra vez, sin importar la cantidad de veces que se viaje. Y recordé a Doña Carmen Vega Sandoval, una viejecita grande y fuerte en mi cabeza, una mujer maravillosa con un excelente sazón y un delicado toque de amor recio e imponente para sus biznietos. Pocos y vagos son los recuerdos de mi bizabuela, pero tan hermosos que se me conmueve el corazón de recordarla y pensarla, de asimilar sus manos moviendo las ollas de barro, su cuerpo moviendose agilmente entre la cocina, recorriendo el pueblo de arriba a abajo, trabajando el campo, cuidando a sus animales, consintiendo a su hijos. Por que siempre fue una madre protectora que le procuró bienestar a sus hijos. Una mujer que murió cuando yo apenas contaba 7 años y que, entre el alboroto del entierro, mi mas claro recuerdo se centra en una mujer muy parecida a ella, sentada en silla de ruedas, media ciega y media sorda por el deterioro de los años. “Es manolito, hijo de Georgina tía” le decía mi abuela. Recuerdo sus manos arrugadas y dulces tocándome para reconocerme y su bella voz saludando. Y me recuerdo a mi, uno 4 años después, en casa de esa viejecita llamada Anice, saludándola de nuevo y a mi abuela, diciendo las mismas palabras exactas que habia utilizado en el funeral de mi bizabuela “Es manolito, hijo de Gerogina tía” y sus manos de nuevo, acercándose para tocarme por última vez, unos minutos antes de su descanso eterno. Y recuerdo con el corazón estremecido a mi tía corriendo detrás de nosotros cuando nos disponíamos a partir, los ojos llorosos y la cara triste diciendo las últimas palabras de la tía Anice “Te voy a contar una historia hija sobre un tío mio” puntos suspensivos, silencio absoluto “Dígame tía” pero la señora se había quedado dormida. Para siempre.
Hace unos días fui al panteón del pueblo, con mi abuela y sus dos hermanos que aún viven. Y se estremeció mi pecho al ver las tumbas de esas dos mujeres, y aún mas, al ver una losa casi abandonada, polvosa y olvidada, con la cruz caída y mi abuela limpiandole y acomodando algunas flores. “¿Quien esta ahi tio?” pregunte “Es mi abuela”. Y a pesar de que a ella, quien sería mi tatara abuela, jamás la conocí, sentí un toque extraño, en parte de alegría y en parte de melancolía al escuchar el tono de mi tío al decir esa palabra.
Es lindo voltear atrás y ver a toda tu estirpe desfilando delante de tus ojos en un movimiento del viento en que el día es nublado y el café caliente. Y pensar que esas mujeres tan maravillosas tuvieron que existir para que yo pueda disfrutar de este café y escribir estas palabras. Y pensar que esas mujeres estuvieron aquí y ahora su sangre se extiende a lo largo de todo el estado, de todo el país y mas allá. Y que hoy, tengo la oportunidad de ver a mis primos, chicos y grandes, fuertes, inteligentes, sanos. Pero mañana, la descendencia irá por caminos que ya no podré rastrear. Sin embargo ese panteón es un buen lugar para pensar en todo eso, para reflexionar y sentirse orgulloso de lo que nos han dejado. Y para saber que al menos el recuerdo de mis antepasados se esconde en sus rincones y medir la magnitud de que tan lejos puedo llegar al voltear al pasado.