martes, noviembre 15, 2011

Cigarros delicados, papel ovalado

Esos cigarros se han amargado. Ya no se pueden fumar. Aún tienen el mismo efecto, pero ya no se pueden fumar. La razón que los consumía se ha secado, ahora es mas una hermana, una valiosa Dakini quizá. Los cigarros se secan, se mojan y se deshacen. Ahora fumo Camel y Malboro, dicen que quizá me matarán mas pronto. Pero es que me da igual, después de todo esos cigarros ya no se pueden fumar.

Hace unos años me sentaba en cualquier rincón de las calles, para entregarme a ese condenado ritual: ver gente pasar, imaginando historias turbias y descabelladas, echar a volar la imaginación, mandarla acompañada de unos delicados sin filtro y una coca cola para humedecer la garganta. Pensando en al menos una veintena de posibilidades respecto a lo que podía ocasionar que una señora gorda le gritara a su hijo, que un hombre apestoso llevará unos zapatos pulcros de color negro, que una chica fina y delgada escogiera por pareja a un hombre gordo y de huesos pesados. Pero esos tristes cigarros ya no se pueden fumar. Me han carcomido los pulmones y me llevaron de la mano a los protocolos de la sociedad: consigue un trabajo y da tu mejor esfuerzo, trabaja hasta tarde, cada día de tu existencia, por que necesitas dedicarte si quieres ganar más, por que necesitas buen curriculum si quieres conseguir otra cosa, incluso si quieres hacer una maestría o un doctorado, pues nadie va a contratar a un pelmazo que ha dedicado su vida entera al estudio pero no tiene un sólo pelo de experiencia laboral. Una persona así, que no sirve para producir, es como un cigarro que ya no se puede fumar.

No, si ya lo decía yo, que tenía que hacer las cosas bien. He decidido dar esos cambios drásticos y dejar todo protocolo atrás. Después de todo, mi principal objetivo siempre ha apuntado a la felicidad. Y ahora que volteo atrás y me recuerdo a mi mismo en mi otra realidad, entiendo que en realidad estoy cansado de las etiquetas y limitantes de los filtros. Que los malboro y los camel no van mas allá. Pero es lo de menos, ya veré la forma de que unos delicados sin filtro se puedan volver a fumar.

miércoles, mayo 04, 2011

Silvio

    • Yo no se mucho sobre la guerrilla en las Américas, pero me apasiona. “Me veo descubriendo descalzo un buen río, de plantas ahogadas...” es una de mis pasiones escondidas, ocultas, de esas que nadie conoce, que te enorgullecen y comentas, pero que aún así no has terminado de explorar, y te apasiona precisamente por que aún estás por llenarla, como un vaso con ron. “Hay hombres que luchan un día y son buenos, hay otros que luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles” así es para mi Salvador Allende, un luchador, un héroe de la democracia, aquel que si la respetó, y que alcanzó a remar contra la corriente siguiendo la constitución, siguiendo las leyes, que se apego a una de las definiciones más cercanas de patriotismo, que la cuidó y la defendió, y que incluso al final, en ese último mensaje aún, imprimió ese heroísmo patriota de libertad. No como la libertad que hoy queda en México, esa libertad relativa de la que nos hablan todos los días. Por eso me gusta ese tema, no sólo guerrilla, lucha social, intento de igualdad. Esa soberanía perdida que algunos luchan por recuperar, y otros simplemente contaminan con palabras perdidas como estas. Yo no sé por que te gusto.

    • Eres preciosa. Quizá esa sea la principal razón. Además de que me vuelve loco tu forma de hablar, sin importar cual sea el tema en realidad.

Por alguna razón había recordado aquella plática en medio de tal silencio. Al parecer no le interesaba mucho el tema del que hablaba, al parecer lo único que veía en ella era belleza y seducción. Esa forma de hablar tan graciosa, como de niña jugando al azar, como pequeña ardilla correteando de aquí para allá. Esa sensualidad nata que no requería de esfuerzo psicológico alguno y que se daba de forma natural, ese meneo, ese caminar, esa forma tan recta de pararse al bello perfil de su largo cuerpo contorneado por esas curvas perfectas, de tal simetría que volvían loco a cualquiera que tuviera la sagrada oportunidad de verla así. Perdía el ánimo, ya no quería caminar. Sentía que la calle se le alargaba y que los pasos eran mas largos y lentos. Sentía tambalearse entre el vaivén de las olas de su mente. Caminaba y avanzaba y de pronto se daba cuenta de que no llevaba rumbo. De que sus calles habían desaparecido, “se han convertido en sol violento, y han emprendido claro viaje”. La noche se enriquece en una oscuridad compañera, desaparecen las piernas, se le salen los ojos como hinchados sin dolor, el oído le estalla en un chirrido eterno y pierde de nuevo la razón. Se encuentra sentado con la cara recargada en su mano, observando ese bello cuerpo meneado al ritmo del aceite, moviendo la cacerola bailando el son cubano, friendo los fideos cual danza de vals. Escucha las suaves cuerdas de una guitarra interpretando una canción de Silvio, esa bella mujer estaba frente a él. Y estaba seguro de que estaba frente a él, de que no era un espejismo, otro mas de esos sueños imparables por los incidentes ocurridos, por el desastre en su mente, en sus recuerdos. Por la falta de luz. Ella estaba ahí, haciendo la comida, escuchando una bella canción, mientras él, sólo escuchaba como un fantasma, tras la silla, mirándola pasar, hermosa con ese vestido largo de domingo, ese que ya no se usa en las calles, pero que usa ella por comodidad. Viéndola como una telenovela mexicana, como en una esfumada imagen. Ahora era distinto, ahora era la realidad la que no podía creer, cuando todo este tiempo había estado viviendo entre sueños, entre debralles creados e imaginados por ese pequeño músculo eléctrico que domina al cuerpo.

Pero ahora el placer era verla, tenerla frente a sus ojos y bailar, como cuando la primera vez que la miró, ese día mítico ahora en su memoria dañada. Pensando siempre en mujeres grandes, mujeres maravillosas e impactantes como aquella del poeta el caudillo, siempre a la sombra y llenando un espacio vital, o aquella que se enfrentaba a una fiera masculina oscura y en silencio, sin saber que esperar, deseando una simple relación bonita que tuvo que devenir en un lío casi ilegal, o más aún, aquella con su pesada vida en la cabecera municipal, siempre a la sombra de un hombre pinche y autoritario queriendo robar y salvaguardar el corazón de su hija, esa hija robada a causa de las mentiras de la decepción y la pasión. “Y me han estremecido un montón de mujeres, mujeres de fuego, mujeres de nieeeve... pero lo que me ha estremecido, hasta perder casi el sentido, lo que a mi mas me ha estremecido son tus ojitos divinos, son tus ojitos divinos”. Estaba enamorado, eso era definitivo. ¿Como iba a olvidar a aquella chica preciosa que le hacía ver la vida como película de rock and roll?. Trataban de escuchar a Silvio, sin ese eco sombrío que hacían los bunkers y los de abajo “que hago ahora contigo, las palomas que van a dormir a los parques ya no hablan conmigo”, era una belleza esa simple mezcla de tranquilidad que tenía en su hogar, era un delirio que no podía negar, que aceptaba y disfrutaba en este silencio tan lleno de oscuridad. Esa guitarra dibujaba el movimiento de siluetas frente a él. “En esta tierra en este instante, y soy feliz por que soy gigante, amo a una mujer clara que amo y me ama sin pedir nada, o casi nada, que no es lo mismo pero es igual”, en definitiva se sentía feliz, de poder estar con ella, de verla pasar, caminando por entre la cocina, haciendo el tan deseado y rico pozole, que era la razón por la que se casarían algún día. El mejor pozole del mundo, ¡por que lo digo yo!.

Veía el resto de su día, planeado en la fortuna de los recuerdos certeros de su cabeza, que determinaban el paso al amor besado, al amor hablado, al amor fluido, en todos los sentidos de la palabra. Primero, ella platicaría sobre su jornada, contaría los sucesos del día en forma aleatoria, sin un orden establecido, pero con un final objetivo, enfocado en la información, la amenización del día y la atención de él para mirarla a los ojos y decirle te amo en un silencio profundo que sólo en sus miradas mutuas era comprendido. Terminar de comer, recoger y lavar los trastos, jugar al amor en la cocina, entre jaloneos mojados y jabonosos, sin un sólo plato roto, con la perfecta cadencia de la sincronización enfocada en el orden de la cocina misma. El vestido mojado, sin el brasier debajo, y entonces la inminente excitación, alejada del detalle de la edición. Punto y aparte y sexo en el cuarto, en la sala, en el baño o en el departamento de enfrente. Sexo donde sea, era el protocolo. Después salir a la calle, tomar un helado con cajeta, o quizá con blue berry y chispas de algarrobo. Manejar toda la noche escuchando a los de abajo, a la maldita y a panteón “Tu me recuerdas las calles de la habana vieja, la catedral sumergida en su baño de teja, tu me recuerdas las cosas, no sé, las ventanas, donde los cantores nocturnos cantaban, amor a la habana, amor a la habana”, manejar con una coca cola, que por el frío invertido funcionaba mejor que el café, con un toque extra de zacarosa procesada y el típico “click” que la delataba al funcionar. Manejar con el cigarro en la mano y la ventana abajo para reducir el olor. Manejar a la playa, a la suave arena nubosa, el agua espumosa iluminada por las estrellas, el ambiente oliendo a amor. Manejar a la montaña, 200 km al este, las cabañas, el frío incitante para encender la fogata y calentar así los cuerpos y el corazón. Por donde voltease había amor, era algo que no podía faltar en su protocolo mental. Era algo que siempre había estado presente, incluso hoy, en ese lindo vaivén de cabello y vestido largos sobre los hombros, poderoso sobre los hombres, y totalmente letal contra él.

“Yo no te pido que me bajes una estrella azul, sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz” miraba esa ida a la playa donde conoció la magia y el poder de la trova cubana, recordado ahora sólo por Pablo Milanés y Silvio Rodrígues, que ella, socióloga de corazón pero ecóloga de profesión, se había encargado de introducirle en los gustos vespertinos del café después de comer o el trago de ron o charanda para mejorar la digestión, para levantar los ánimos y devenir en el proceso del amor. Ese mecer entre la hamaca, unidos los dos por sus brazos, y por el suave sol de abril, no en una playa del Caribe, tan famoso en su cultura por su arena y su complejo turístico, y la innumerable cantidad de canciones dedicadas a tal. No, mas bien en una playa de Guerrero o Oaxaca, de esas donde el plátano, el coco y la pesca, aún son una forma de vida, de subsistencia y de producir.

“Esta extraña tarde desde mi ventana, trae la brisa vieja de por la mañana...”.

  • ¿Por que te gusta esa música ligera y falta de emoción?

  • No es falta de emoción, al contrario, si pones atención a las letras...

  • No de sentimiento, me refiero a emoción, a poder, a la sensación de que te estas perdiendo en el estruendoso ruido de la guitarra acentuado por la batería, con tiempos más acelerados en sus notas y un poco mas de acción. A las voces pesadas, confundidas y poderosas, llenas de energía, de vida, tan llenas de juventud. Me refiero a la emoción de vértigo y de incertidumbre explosiva que te da el rock, a ti te gustan zeppelin y floyd, sabes a que me refiero.

  • Pues me gusta por que me gusta. Las letras de Silvio pueden ser mas fuertes y claras que las letras de Page o Watts. Esas bandas pueden ser muy simples, en su abstracta forma de ver la rebeldía. Esa rebeldía intentando nadar en contra de los convencionalismos de una sociedad tan fanatizada. Una rebeldía contra su gobierno extraño, opresor pero apapachador, ruidoso pero con secretos interminables, paternalista y explotador, después de todo, el rock es un género que nació entre los Estados Unidos e Inglaterra específicamente. Analízalo, es simple, las primeras bandas, las mejores bandas y las de hoy son de esos dos países. Hay muy buen rock fuera de esas fronteras, pero el rock viene de ahí, cantado en un lenguaje tosco y primitivo, adecuado para los gritos de odio y desesperación de una sociedad tal. El español en cambio, es un lenguaje mas elaborado, más bello y pensado, un lenguaje preparado para un sentimiento superior como es el amor. Por eso buen rock no puede ser cantado en español. Y me gusta el famoso rock en español, pero creo que todos sabemos que no se compara con el rock anglosajón en ese desglose de odio, frustración y desesperación, en ese “feeling”, en ese poderoso y llamativo tocar de guitarra, en ese desesperado grito de batería, en ese sordo, hueco y vacío grito grave del bajo eléctrico. El español es una lengua que queda mejor en canciones de amor, como los boleros o la trova. Incluso, la trova cubana, de la música de Silvio, que canta el pesado andar de su pueblo y los fuertes y hermosos sentimientos de su corazón.

  • Monólogo, que clase de nombre para una canción. !Y la letra¡. Me encanta, y ni siquiera entiendo por que. Como que despierta sentimientos en mi que no puedo recordar. Sentimientos que están pero ya no veo con claridad. Hay algo...

  • Esa canción me recuerda cuando viajaba con mi papá. Me encantaba verlo manejar, sentado frente al volante con su barba de carácter fuerte e intelectual. Ese olor característico a ropa guardada por varios años con profunda atención. Esa forma tan segura de manejar, que me hacía sentir que sin importar la fuerza de la lluvia o los fallos en el motor, siempre habríamos de llegar a buen puerto, con luz y agua caliente, con un refrigerador lleno de comida para descansar. Esa parte, “Por favor no se molesten, de pronto me estoy yendo, no vine a perturbarles, y menos a ofenderlos, vi luz en las ventanas y oí voces cantando, y sin querer ya estaba tocando” me hacían pensar en mi familia. En un extraño que llegaba a la casa, y veía una familia como la mía, y por supuesto que le daban ganas de entrar. Me recordaba a mi hogar, con piedra en la calle y risas sin parar, con el bello sonar de los niños, de vida, de cantos y juegos “en la alegría de ustedes, distinguí mis promesas, y todo me parece que empieza”. Creo que estaba muy contenta con mi familia. Creo que los extraño.

  • Yo...

  • No, no. No pienses mal, a ti te amo, y lo sabes bien. Sólo los extraño, pero no cambiaría nada por estar aquí, contigo, siendo cada día más feliz. Son etapas, son procesos, son ciclos. Ha terminado mi ciclo allá, y aunque quisiera ese ciclo no podría regresar, las cosas ya no son como antes. Pero ahora comienza mi ciclo aquí. Entre el poderoso calor de tus brazos.

  • Yo entiendo, sólo me puse un poco paranoico. Ya sabes como soy.

  • No te preocupes, así te quiero. Así te amo. Así me has hecho feliz.

Se dibujó una sonrisa en su rostro, una de las más bellas que su memoria podía guardar. Ninguna mujer jamás le había parecido mas bella. Ni siquiera aquella bella ninfa de faldas cortas postrada todo el día frente a la paletería, con su sonrisa de colección y sus hermosas piernas, o aquella fornida y suave dama de espalda ancha y ojos pequeños que tanto le había hecho disfrutar. Ni siquiera ella misma vista en otro andar, en otro tiempo, en otro platicar. Había sido un momento de maravilloso placer, de sonrisas suaves y tranquilas, apacibles como un mar de suave y tranquila noche invernal. Pero había sido, el rabo de nube acababa de pasar. Y se encontraba allí, de nuevo en su triste y bella realidad. De nuevo en su danza matrimonial del día tras día, del ya viví, que te vas, que estoy aquí, que no sé que.

El protocolo se había perdido, estaba seguro. No habría sexo ni helado ni playa. No habría largas noches tras el volante, con sus pequeñas piernas y su sonrisa a su lado, iluminando la oscuridad con palabras tan bellas como las de los protocolos anteriores. No habría piruetas y rizas en la cama, no habría mas pasión. No era como aquel ángel, que en su momento pasó “sin querer se hace una ofrenda, que pacta con el dolor, o pasa un ángel, se hace leyenda, y se convierte en amor”. Cuando todo pareció gris e irreal. Era distinto, era inseguro, pero era fatal. Había un vacío entre ella y él, un abismo y cruzar la calle.

Le colocó el plato con arroz, le regaló una bella sonrisa y se sentó. Él la miraba tan linda como siempre, tan elocuente y real. Pero seguía escondido, perdido entre su mente, y no podía salir, no podía sentir el momento en su totalidad. De nuevo era la vista la que cedía el espacio globular para el procesamiento de datos externos. La veía mover la cara como una muñeca, con su extraña y burda forma para tomar los alimentos y llevarlos a la boca, que le parecía tosca y falta de educación, pero que se mostraba por demás graciosa y natural, incluso linda y bienvenida al acostumbrado placer de verla comer. La veía mover la boca, para comer y para masticar. Para hacer muecas extrañas, mover la comida entre la lengua y pronunciar palabras sin sonido, palabras que salían al aire a platicar, a contar historias, a crear imágenes perfectas y totalmente adecuadas a la realidad, sin él saberlo, sin entender cómo o por que. Sólo mirándolas pasar como palabras, de una a una. La veía levantarse de nuevo, la veía ir y pasar, llenar los platos, recoger, venir, regresar. Sentarse ante él, sonreírle otra vez. Y de nuevo recordaba: ella estaba ahí. Nunca se había ido, nunca había dejado pesar sus dudas o su inmensa curiosidad de niña. Ella estaba ahí. Y él no entendía por que. O quizá era sólo que no quería saber. Pero ella estaba... “Ya no te espero, ya he liberado a tu patria, hija de una espera larga, ya hay un primero de enero que infunda a sus compañeros...”.

La música de Silvio Rodríguez seguía sonando en el reproductor, tan absurdo como el tiempo en el que lo compró. El día era claro, de azul tranquilo y nubes lejanas. La chica era simpática, desenvuelta y delicada, perfecta en todo lo que hacía ahí. Él se sentía cómodo, la comida era deliciosa, la música agradable y le incitaba a pensar. A recordar todo eso y recrear la naturaleza socialista de Yessenia. A traer esos pensamientos no solicitados a flote y volver a sentir, volver a recordar, volver a amar. Cuantas veces se había dicho eso, cuanto había amado, a cuantas mujeres distintas, en tantos tiempos pasados, todos pasados. Y ahora, seguramente frente al amor de su vida, dudando por un ligero tropiezo que su mente le causaba, por esa imaginación absurda y retorcida que le daba vueltas por el cerebro, que se pasaba de aquí para allá como en una feria, paseando y viendo cada una de las verdades presentes que sólo eran testigos de esa bella historia de amor. Cuantas veces había luchado, se había caído y se había levantado. Y ahora estaba perdido frente a una opción, llena de muestras intangibles y tan oscuras como su propia conciencia.

- ¿Has terminado? - le preguntó. El sólo movió la cabeza, asintió. Le había hablado, por primera vez. Había escuchado una voz en todo su oscuro y perdido viaje, en todo ese enredo de ideas abombonadas. Había recibido señales y había asentido. Se había creado una comunicación, después de tanto tiempo de sobrada soledad abstracta. Y ese ruido, esa bella voz entrando por sus oídos, ese grandioso alcance de atención, tenía una recompensa, una muy cara y valiosa. “Y mi amor es un arte en virtud...” ese amor... esa humanidad... “y mi amor es un arte en su edad. Te molesta mi amor, mi amor de surtidor, y mi amor es un arte mayor...”. La recompensa era la música, era la tranquila tarde, era la deliciosa comida, era el deseado y anhelado pozole, era la bella ciudad y las calles limpias, tranquilas. Era una tarde de tranquilidad, con el amor de su vida, era un soplo de esperanza, era un rayo de luz, era una isla en medio del mar, un amigo en la soledad. Era un hombro donde apoyar, era alguien con quien contar. La recompensa siempre, al final, era ella, su amor.


domingo, noviembre 14, 2010

El ritual

Sólo necesitaba un poco de soledad, amargura en el corazón, algo de hueco, vacío, despejar la mente, y el clásico y olvidado ritual de fumarme unos cigarros sin filtro acompañados por una coca cola, ritual solamente requerido en las largas horas de manejo hacia Tlapa de Comonofort. Entonces el mundo volvió a brillar. Pero que digo, si nada brillaba, cuando brillaba no podía escribir. No, todo volvió a su clásica opacidad. Ese tono opaco con el contorno lustroso, no brillante para nada, sólo lustroso, pues es lo que hace vaciar tu mirada sobre tal o cual cosa, tan objetivamente, que la mente empieza a caminar, luego a correr, se impulsa y de pronto, te encuentras volando entre las luces de los automóviles ruidosos, los pasos de la gente promedio, el cálido ritmo del danzón oscilando entre las hojas de los árboles, cayendo por el frío viento característico del otoño novembrino. El frío, ese frío. La mayor y mas ahorcada de las melancolías. Esa época de soledad asistida por personas que ahora están demasiado lejos de mí. Pero que, sin embargo, hoy me reconforta cálidamente con sus recuerdos ardientes, como si de nuevo encendiera ese pequeña flamita llamada soledad. Pues es lo que ocurre. Y de nuevo, las palabras llegan a mi cabeza, como abejas insistentes zumbando en mi cerebro, como exigiendo que las deje salir, como implorando este teclado en su extraño lenguaje que sólo yo entiendo. Y que no tiene ningún sentido para nadie mas. Pero que me aliviana el corazón al grado tal de que puedo volver a volar.

martes, septiembre 07, 2010

Reconciliación

Hoy ha vuelto mi depresión. Regreso a ti, dulce y gélida miel de la poesía. Hoy no tengo cabeza para nada, pero ya la habrá. Tiene que haberla para seguir adelante. Sufrir la tristeza, escuchar al dolor, acompañar a la melancolía, acariciar a la soledad. Como se acaricia a un gato que viene por las noches y por el día se va. Tiene que haber cabeza para vivir. Pero hoy, sólo miro el reloj, esperando que las manecillas avancen mas rápido. Como si así dejara de sufrir mas pronto. Tarde o temprano el tiempo decidirá. Y sin embargo estoy atado de manos con sus respuestas, no puedo hacer nada. Ni siquiera se lo que pasa. Por eso dulce soledad, apiádate de mi y mátame rápidamente. Destrózame de inmediato y no me hagas sufrir tanto. Yo hablaré con el dolor, yo veré en la oscuridad, yo apaciguaré mi tristeza. Pero tu soledad, haz tu trabajo y vete, para que yo pueda renacer como tantas otras veces, y reconciliarme contigo después.



De la muerte


Enterradla.

Hay mucho hombre quietos, bajo tierra,

que han de cuidarla.

No la dejes aquí.

Enterradla

sábado, enero 09, 2010

Atrás

Años y siglos de historia. ¿Por quien podría pasar? ¿por donde podría comenzar? Es tan sencillo como voltear atrás y ver la maravilla de tu historia, el legado llamado estirpe que viene dejando semillas, una tras otra. Unos se van, otros llegan. Unos terminan, otros comienzan. Y la historia sigue su curso, enseñandonos y aleccionando, alejando la sangre, uniendo gametos. Como dijo mi hermanita en la cena, “Yo brindo por los que ya no están, por los que se nos adelantaron” y como dijo mi otra hermana, la mayor “Yo brindo por los que acaban de llegar al mundo, por que este año hubo muchos scout que tuvieron hijos”. Complementos inequívocos e insensatos, sin deseo de ser, es solo que a una le toco vivir muertes y a la otra nacimientos. El mismo año. Y es así que tengo a la pequeña Lucila hija de mi tio Palemón, una niña de 10 años simpática, hermosa y linda como el nombre a quien le hace memoria, mi tía abuela Lucila, esa mujer alta y grandiosa, de buen porte que siempre veía con la frente en alto, bien parada y la espalda firme.


Hace unos días fui a Apipilulco, un municipio sencillo en el estado de guerrero. Y recordé. Recordé el tren anunciando su llegada, la estación llena de vendedores de memelas y galletas de maíz, de gente abordando con sus guajolotes y sus pollos, el tren lleno, a mas no poder, atascado, adentro la mezcla de olores de sudor y tierra del campo, olores de trabajo duro de sol a sol, de animales bramando y mugiendo, de señoras gritando sus productos, de señoras buscando a sus hijos y nietos por no recordar donde los habían sentado, por que era tal el alboroto social que, uno se perdía entre el tumulto y se volvía a encontrar, sano y agradable como siempre, por que no había alma alguna que se atreviera a lastimar, por que todo se hacía por el simple gusto de seguir viviendo. Era el tren que viajaba de la ciudad de México hacia el pacífico en Acapulco, y pasaba por mi pueblo, Puente de Ixtla, Morelos. Ahi lo abordabamos y seguía hacia cajones, pasando por Buenavista de Cuellar e Iguala de la Independencia, la estación de mas alboroto, subidas y bajadas. Pero nosotros las mas de las veces nos seguíamos hasta Cocula, y luego Apipilulco. Ahi terminaba nuestro viaje, entre el tunel del diablo y el puente de la mano negra, entre esos paisajes tan pintorescos y hermosos como solo los viajes en tren nos han presentado y nos presentarán jamás. Moviendose a una velocidad lo suficientemente buena para poder disfrutarlos y gozarlos al punto tal de maravillarse una y otra vez, sin importar la cantidad de veces que se viaje. Y recordé a Doña Carmen Vega Sandoval, una viejecita grande y fuerte en mi cabeza, una mujer maravillosa con un excelente sazón y un delicado toque de amor recio e imponente para sus biznietos. Pocos y vagos son los recuerdos de mi bizabuela, pero tan hermosos que se me conmueve el corazón de recordarla y pensarla, de asimilar sus manos moviendo las ollas de barro, su cuerpo moviendose agilmente entre la cocina, recorriendo el pueblo de arriba a abajo, trabajando el campo, cuidando a sus animales, consintiendo a su hijos. Por que siempre fue una madre protectora que le procuró bienestar a sus hijos. Una mujer que murió cuando yo apenas contaba 7 años y que, entre el alboroto del entierro, mi mas claro recuerdo se centra en una mujer muy parecida a ella, sentada en silla de ruedas, media ciega y media sorda por el deterioro de los años. “Es manolito, hijo de Georgina tía” le decía mi abuela. Recuerdo sus manos arrugadas y dulces tocándome para reconocerme y su bella voz saludando. Y me recuerdo a mi, uno 4 años después, en casa de esa viejecita llamada Anice, saludándola de nuevo y a mi abuela, diciendo las mismas palabras exactas que habia utilizado en el funeral de mi bizabuela “Es manolito, hijo de Gerogina tía” y sus manos de nuevo, acercándose para tocarme por última vez, unos minutos antes de su descanso eterno. Y recuerdo con el corazón estremecido a mi tía corriendo detrás de nosotros cuando nos disponíamos a partir, los ojos llorosos y la cara triste diciendo las últimas palabras de la tía Anice “Te voy a contar una historia hija sobre un tío mio” puntos suspensivos, silencio absoluto “Dígame tía” pero la señora se había quedado dormida. Para siempre.


Hace unos días fui al panteón del pueblo, con mi abuela y sus dos hermanos que aún viven. Y se estremeció mi pecho al ver las tumbas de esas dos mujeres, y aún mas, al ver una losa casi abandonada, polvosa y olvidada, con la cruz caída y mi abuela limpiandole y acomodando algunas flores. “¿Quien esta ahi tio?” pregunte “Es mi abuela”. Y a pesar de que a ella, quien sería mi tatara abuela, jamás la conocí, sentí un toque extraño, en parte de alegría y en parte de melancolía al escuchar el tono de mi tío al decir esa palabra.


Es lindo voltear atrás y ver a toda tu estirpe desfilando delante de tus ojos en un movimiento del viento en que el día es nublado y el café caliente. Y pensar que esas mujeres tan maravillosas tuvieron que existir para que yo pueda disfrutar de este café y escribir estas palabras. Y pensar que esas mujeres estuvieron aquí y ahora su sangre se extiende a lo largo de todo el estado, de todo el país y mas allá. Y que hoy, tengo la oportunidad de ver a mis primos, chicos y grandes, fuertes, inteligentes, sanos. Pero mañana, la descendencia irá por caminos que ya no podré rastrear. Sin embargo ese panteón es un buen lugar para pensar en todo eso, para reflexionar y sentirse orgulloso de lo que nos han dejado. Y para saber que al menos el recuerdo de mis antepasados se esconde en sus rincones y medir la magnitud de que tan lejos puedo llegar al voltear al pasado.

sábado, diciembre 19, 2009

Mi GNU

Hace mucho que no me paseaba por aquí. Hace mucho que no escribo. Creo que he perdido la magia, creo que desapareció el toque. Lo dejé guardado en un cajón, junto con mi soledad, mis depresiones y melancolías. Todas están ahí, como trastes viejos. Así soy yo, así es esto. No soy de las personas que se deshacen de lo que ya no sirve, que se renuevan y se limpian. No, yo soy de los que guardamos los recuerdos en cajas y las vamos amontonando poco a poco. De los que voltean atrás y solo ven pilas de cajas pero sin saber que hay dentro. Entonces un día te pones a esculcar entre ellas y te topas con un calzón viejo y roído, una almohada de hule, un batimovil, una fotografía, una pagina de blogspot con tu nombre cibernético y permisos de entrada bajo una clave almacenada también en algún lugar de la misma caja. O quizá de alguna otra, tan arrumbada ahí que no encuentras la llave para abrir el blogspot. No, yo si encontré la llave. Y por eso subo esto, desde mi mundo cibernético que se llegó a convertir en vida propia, en una identidad, en un por que, en una ilusión.

No se que hace esto aquí, creo que nunca te lo mostré, pero aquí esta, por si quieres echarle un vistazo, lleva 4 años ahí, 4 años empolvandose tras un aparador, viendo gente pasar, gente que por casualidad encuentra en google este blog cuando busca esa canción de L'arc en ciel, o la del zepelin de plomo, o la de los creedence. Solo lo ven de paso, como cualquier otro trasto de aparador, empolvándose, intocable, inalcanzable. Hace tiempo era mas accesible, mas centrado, mas parte de mi y, por lo tanto, mas parte de mi gente, de los que me rodeaban, de los que estaban aquí. Hoy ya no siento, o al menos no como antes, hoy estoy mas frío y sin embargo, mas lleno de amor. Quizá es solo culpa de esta estabilidad relativa que últimamente me produce Diana, esa estabilidad que me hace desconocerme a mi mismo. Por que todos esos trastes se quedaron ahí, en una caja. Y aunque los saque ahora y los desempolve un poco, ya no recuerdo como usarlos, ya no me quedan, se quedaron chicos, tanto que ni siquiera la sintaxis, ni siquiera mi prosa poética de antaño, ni siquiera nada.

"Hubieras estudiado letras teo" me decían, hubieras pero no lo hice. Y ahora soy un ingeniero, menos cuadrado y menos orgulloso que el promedio, pero no puedo salirme de esta subcultura chapinguera de una Ingeniería, de querer arreglar las cosas, de querer dejar este mundo mejor. Y olvidar la poesía y las letras, olvidar la música y la guitarra, olvidarla frustración de Dalí con la que tanto me identificaba, la profunda depresión en la que me sumiera Led Zeppellin. Conocer el mundo, volar de su mano, y olvidar. Dejas las cajas cerradas hasta que se me vuelvan a hinchar los talones de tanto trabajar y me vuelva a sentar frente a un computador y vuelva a decir "Oh si, yo tenía un blog, uno donde escribía, donde era feliz". Un mundo dentro de mi submundo, un mundo entero lleno de imaginación, de gloria, de poder. Y ahora...

Ahora no soy mas que un hombre sentado frente a una MacBook escuchando la música de la arrolladora a lo lejos, con sueño pero sin ganas de dormir, con ilusiones pero sin ganas de luchar, con esperanzas pero sin ganas de dar un paso. Un hombre flojo después de todo, que no hizo el menor esfuerzo por levantarse para agarrar la guitarra, papel y lápiz, y comenzar a crear. Después de todo, al hombre le gusta sentirse Dios, y yo no soy una pobre excepción...

miércoles, mayo 30, 2007

Una noche

Tal vez sea sólo que no me gusta ser el anfitrión. Ni el centro de atención. Por eso me pongo de malas. Como quiera que sea, mañana comenzaré a caminar desde temprano y esta vez no dejaré que nadie lo eche a perder.

Yo no se si la noche siempre es igual o adquiere más magia una vez que uno le pone atención.

Texcoco tiene vida por la noche. Lo se por los gatos que gimen a la intemperie, echados a la luz de los focos esperando a que la comida de la noche salga tarde o temprano de entre el basurero.

La televisión estaba prendida. Lo supe por que los diálogos llegaban hasta mis oídos como si yo estuviese viendo el programa. Y mientras escuchaba una voz afeminada decir “vamos, tenemos que hacerlo” me preguntaba como sería vivir como ese hombre que miraba la televisión entre los arcos de Texcoco, con un colchón de esponja y unas cuantas cobijas, aislado por unos cuantos cartones, entretenido por la estupidez de un monitor, durmiendo entre las ratas que roen los desperdicios del mercado municipal y el ir y venir de los pocos vagabundos sin nada mejor que hacer como yo. Me preguntaba eso y me preguntaba si yo debería tenerle miedo al hombre que caminaba frente a mi o si el me tendría miedo a mi. Como sea, la señora que pasó después se hizo a un lado, seguramente por mi barba de poco más de un mes y mi greña alborotada por el estrés del día. A la vuelta, el corredor yacía tenuemente entre los faroles que el ayuntamiento colocó hace poco a lo largo del corredor. La marisquería esperaba impacientemente al trabajador matutino, pues el turno de la noche la había dejado en zona de desastre, con las mesas alborotadas, un montón de utensilios encima y un poco de basura dentro. El letrero de corona iluminando el refrigerador me hacía preguntarme como sería la vida dentro de esos concurridos lugares, llenos de gente durante el día, casi muertos durante la noche. Una tienda con luces encendidas por con cortinas cerradas, una licorería abierta a unos cuantos pasos de otra licorería más grande. La serie de cortinas del lado oeste del mercado cubiertas por la basura de la noche y un pepenador buscando pet, buscando cartón, buscando una especie de reproductor que no alcancé a distinguir bien por la distancia, pero que parecía no servir. Si no fuera por personas como él, la sociedad entera estaría más podrida. Creo que nunca había notado que ese lado del mercado tiene un segundo pizo. Uno con cuartos viejos y abandonados, cubiertos por el polvo y por triques y cachivaches olvidados, cuartos despintándose, con la facha de un despacho en desuso, unos con cortinas, unos con persianas, unos hasta con cristales inquebrantables, pero todos llenos del mismo aire frío que sacude la vida de los lugares abandonados al tiempo. Y mi mente viajaba tratando de hacer literatura mientras me preguntaba que habría ahí, para que habrían servido, por que estarían así o incluso cómo accedería uno ahí. Y mientras pasaba al lado de los estacionamientos cerrados recordaba algunas novelas de García Márquez, vivir para contarla y el montón de fantasmas que la mente humana puede crear para convertir un simple cuadro monótono y aburrido, en una fabulosa e interesante novela. Entonces aparecían frente a mi personajes peleando, discutiendo, mujeres dando a luz entre las verduras, hombres peleando por un taco, perros robando piezas de pollo completa mientras una rata se orina sobre la milanesa que será usada para las tortas dentro de unos minutos. Personajes de tan variables características que la imaginación y la magia comenzaban en esos cuartos abandonados y terminaban en la esquina de los tacos con tres jovencitas coqueteándole al taquero. Y la ilusión moría con ellas por que la siguiente calle era una de las más utilizadas en mis días más comunes de vida. Una calle tan visitada por mi, que yo jamás había reparado en el portón del camión de carga que está antes del Bar chucho “Los candiles” y que me hacía dudar si el bar estaba piñata y cucho y se llama los candiles o si el bar se llama chucho y tiene candiles, o si el dueño se llama Jesús y el bar se llama Los candiles. Como quiera que la nomenclatura de este bar se halla dado, tendrá su historia que también despertó una enorme curiosidad; pero la pulcata, los billares florida y y el bar “El apagón” seguían ahí, iluminados como siempre, rellenos de borrachines ociosos de barba rasposa y vos aguardentosa. Un estacionamiento frente al otro y el mercado pequeño, con los escalones de siempre, con la mugre de siempre, con la basura de siempre, con los ruidos de siempre, con la señora de siempre. Esa señora que ya es todo un personaje en mi vida por el simple hecho de doblarse todas las noches sin falta a tallar el piso del mercado con sus propias manos. A veces pienso que el mercado fue creado con ella por que su joroba se adapta al dobles exacto que requiere para tallar, y por que todas las noches que paso por ahí para llegar a mi casa, sin importar el día ni la hora, está ahí, barriendo y tallando los pisos del mercado para el día siguiente. Algún día me sentaré toda la tarde para ver como comienza la faena y como es su relación con el resto del mercado, para seguir todo el proceso de cerca hasta que culmine. Entonces volveré a mi casa, escribiré una historia basada en mi mala memoria y mis recuerdos, y regresaré a ayudarle con la faena. En agradecimiento por la historia generada. Y mientras eso pasa, seguiré caminando por la calle “Campos floridos” y por la “Venustiano Carranza”, viendo algún hombre sacar un costal de una caja para liberar a un gato que no para de chillar, viendo una motocicleta con cegadoras luces amarillas de neón, recordando a los gitanos que ya no están, o a los camiones de redilas que se estacionan frente a la casa del campeón con sus catres y sus televisores adaptados a la parte trasera, escuchando el barullo de una fiesta de media noche o el de los perros de edificio en el que vivo.

A veces pienso que las noches son como las estrellas en el cielo: llevan tanto tiempo ahí que ya casi nunca volteamos a verlas. Pero cuando volteamos nos pueden sorprender.