Yo no se mucho sobre la guerrilla en las Américas, pero me apasiona. “Me veo descubriendo descalzo un buen río, de plantas ahogadas...” es una de mis pasiones escondidas, ocultas, de esas que nadie conoce, que te enorgullecen y comentas, pero que aún así no has terminado de explorar, y te apasiona precisamente por que aún estás por llenarla, como un vaso con ron. “Hay hombres que luchan un día y son buenos, hay otros que luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles” así es para mi Salvador Allende, un luchador, un héroe de la democracia, aquel que si la respetó, y que alcanzó a remar contra la corriente siguiendo la constitución, siguiendo las leyes, que se apego a una de las definiciones más cercanas de patriotismo, que la cuidó y la defendió, y que incluso al final, en ese último mensaje aún, imprimió ese heroísmo patriota de libertad. No como la libertad que hoy queda en México, esa libertad relativa de la que nos hablan todos los días. Por eso me gusta ese tema, no sólo guerrilla, lucha social, intento de igualdad. Esa soberanía perdida que algunos luchan por recuperar, y otros simplemente contaminan con palabras perdidas como estas. Yo no sé por que te gusto.
Eres preciosa. Quizá esa sea la principal razón. Además de que me vuelve loco tu forma de hablar, sin importar cual sea el tema en realidad.
Por alguna razón había recordado aquella plática en medio de tal silencio. Al parecer no le interesaba mucho el tema del que hablaba, al parecer lo único que veía en ella era belleza y seducción. Esa forma de hablar tan graciosa, como de niña jugando al azar, como pequeña ardilla correteando de aquí para allá. Esa sensualidad nata que no requería de esfuerzo psicológico alguno y que se daba de forma natural, ese meneo, ese caminar, esa forma tan recta de pararse al bello perfil de su largo cuerpo contorneado por esas curvas perfectas, de tal simetría que volvían loco a cualquiera que tuviera la sagrada oportunidad de verla así. Perdía el ánimo, ya no quería caminar. Sentía que la calle se le alargaba y que los pasos eran mas largos y lentos. Sentía tambalearse entre el vaivén de las olas de su mente. Caminaba y avanzaba y de pronto se daba cuenta de que no llevaba rumbo. De que sus calles habían desaparecido, “se han convertido en sol violento, y han emprendido claro viaje”. La noche se enriquece en una oscuridad compañera, desaparecen las piernas, se le salen los ojos como hinchados sin dolor, el oído le estalla en un chirrido eterno y pierde de nuevo la razón. Se encuentra sentado con la cara recargada en su mano, observando ese bello cuerpo meneado al ritmo del aceite, moviendo la cacerola bailando el son cubano, friendo los fideos cual danza de vals. Escucha las suaves cuerdas de una guitarra interpretando una canción de Silvio, esa bella mujer estaba frente a él. Y estaba seguro de que estaba frente a él, de que no era un espejismo, otro mas de esos sueños imparables por los incidentes ocurridos, por el desastre en su mente, en sus recuerdos. Por la falta de luz. Ella estaba ahí, haciendo la comida, escuchando una bella canción, mientras él, sólo escuchaba como un fantasma, tras la silla, mirándola pasar, hermosa con ese vestido largo de domingo, ese que ya no se usa en las calles, pero que usa ella por comodidad. Viéndola como una telenovela mexicana, como en una esfumada imagen. Ahora era distinto, ahora era la realidad la que no podía creer, cuando todo este tiempo había estado viviendo entre sueños, entre debralles creados e imaginados por ese pequeño músculo eléctrico que domina al cuerpo.
Pero ahora el placer era verla, tenerla frente a sus ojos y bailar, como cuando la primera vez que la miró, ese día mítico ahora en su memoria dañada. Pensando siempre en mujeres grandes, mujeres maravillosas e impactantes como aquella del poeta el caudillo, siempre a la sombra y llenando un espacio vital, o aquella que se enfrentaba a una fiera masculina oscura y en silencio, sin saber que esperar, deseando una simple relación bonita que tuvo que devenir en un lío casi ilegal, o más aún, aquella con su pesada vida en la cabecera municipal, siempre a la sombra de un hombre pinche y autoritario queriendo robar y salvaguardar el corazón de su hija, esa hija robada a causa de las mentiras de la decepción y la pasión. “Y me han estremecido un montón de mujeres, mujeres de fuego, mujeres de nieeeve... pero lo que me ha estremecido, hasta perder casi el sentido, lo que a mi mas me ha estremecido son tus ojitos divinos, son tus ojitos divinos”. Estaba enamorado, eso era definitivo. ¿Como iba a olvidar a aquella chica preciosa que le hacía ver la vida como película de rock and roll?. Trataban de escuchar a Silvio, sin ese eco sombrío que hacían los bunkers y los de abajo “que hago ahora contigo, las palomas que van a dormir a los parques ya no hablan conmigo”, era una belleza esa simple mezcla de tranquilidad que tenía en su hogar, era un delirio que no podía negar, que aceptaba y disfrutaba en este silencio tan lleno de oscuridad. Esa guitarra dibujaba el movimiento de siluetas frente a él. “En esta tierra en este instante, y soy feliz por que soy gigante, amo a una mujer clara que amo y me ama sin pedir nada, o casi nada, que no es lo mismo pero es igual”, en definitiva se sentía feliz, de poder estar con ella, de verla pasar, caminando por entre la cocina, haciendo el tan deseado y rico pozole, que era la razón por la que se casarían algún día. El mejor pozole del mundo, ¡por que lo digo yo!.
Veía el resto de su día, planeado en la fortuna de los recuerdos certeros de su cabeza, que determinaban el paso al amor besado, al amor hablado, al amor fluido, en todos los sentidos de la palabra. Primero, ella platicaría sobre su jornada, contaría los sucesos del día en forma aleatoria, sin un orden establecido, pero con un final objetivo, enfocado en la información, la amenización del día y la atención de él para mirarla a los ojos y decirle te amo en un silencio profundo que sólo en sus miradas mutuas era comprendido. Terminar de comer, recoger y lavar los trastos, jugar al amor en la cocina, entre jaloneos mojados y jabonosos, sin un sólo plato roto, con la perfecta cadencia de la sincronización enfocada en el orden de la cocina misma. El vestido mojado, sin el brasier debajo, y entonces la inminente excitación, alejada del detalle de la edición. Punto y aparte y sexo en el cuarto, en la sala, en el baño o en el departamento de enfrente. Sexo donde sea, era el protocolo. Después salir a la calle, tomar un helado con cajeta, o quizá con blue berry y chispas de algarrobo. Manejar toda la noche escuchando a los de abajo, a la maldita y a panteón “Tu me recuerdas las calles de la habana vieja, la catedral sumergida en su baño de teja, tu me recuerdas las cosas, no sé, las ventanas, donde los cantores nocturnos cantaban, amor a la habana, amor a la habana”, manejar con una coca cola, que por el frío invertido funcionaba mejor que el café, con un toque extra de zacarosa procesada y el típico “click” que la delataba al funcionar. Manejar con el cigarro en la mano y la ventana abajo para reducir el olor. Manejar a la playa, a la suave arena nubosa, el agua espumosa iluminada por las estrellas, el ambiente oliendo a amor. Manejar a la montaña, 200 km al este, las cabañas, el frío incitante para encender la fogata y calentar así los cuerpos y el corazón. Por donde voltease había amor, era algo que no podía faltar en su protocolo mental. Era algo que siempre había estado presente, incluso hoy, en ese lindo vaivén de cabello y vestido largos sobre los hombros, poderoso sobre los hombres, y totalmente letal contra él.
“Yo no te pido que me bajes una estrella azul, sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz” miraba esa ida a la playa donde conoció la magia y el poder de la trova cubana, recordado ahora sólo por Pablo Milanés y Silvio Rodrígues, que ella, socióloga de corazón pero ecóloga de profesión, se había encargado de introducirle en los gustos vespertinos del café después de comer o el trago de ron o charanda para mejorar la digestión, para levantar los ánimos y devenir en el proceso del amor. Ese mecer entre la hamaca, unidos los dos por sus brazos, y por el suave sol de abril, no en una playa del Caribe, tan famoso en su cultura por su arena y su complejo turístico, y la innumerable cantidad de canciones dedicadas a tal. No, mas bien en una playa de Guerrero o Oaxaca, de esas donde el plátano, el coco y la pesca, aún son una forma de vida, de subsistencia y de producir.
“Esta extraña tarde desde mi ventana, trae la brisa vieja de por la mañana...”.
No es falta de emoción, al contrario, si pones atención a las letras...
No de sentimiento, me refiero a emoción, a poder, a la sensación de que te estas perdiendo en el estruendoso ruido de la guitarra acentuado por la batería, con tiempos más acelerados en sus notas y un poco mas de acción. A las voces pesadas, confundidas y poderosas, llenas de energía, de vida, tan llenas de juventud. Me refiero a la emoción de vértigo y de incertidumbre explosiva que te da el rock, a ti te gustan zeppelin y floyd, sabes a que me refiero.
Pues me gusta por que me gusta. Las letras de Silvio pueden ser mas fuertes y claras que las letras de Page o Watts. Esas bandas pueden ser muy simples, en su abstracta forma de ver la rebeldía. Esa rebeldía intentando nadar en contra de los convencionalismos de una sociedad tan fanatizada. Una rebeldía contra su gobierno extraño, opresor pero apapachador, ruidoso pero con secretos interminables, paternalista y explotador, después de todo, el rock es un género que nació entre los Estados Unidos e Inglaterra específicamente. Analízalo, es simple, las primeras bandas, las mejores bandas y las de hoy son de esos dos países. Hay muy buen rock fuera de esas fronteras, pero el rock viene de ahí, cantado en un lenguaje tosco y primitivo, adecuado para los gritos de odio y desesperación de una sociedad tal. El español en cambio, es un lenguaje mas elaborado, más bello y pensado, un lenguaje preparado para un sentimiento superior como es el amor. Por eso buen rock no puede ser cantado en español. Y me gusta el famoso rock en español, pero creo que todos sabemos que no se compara con el rock anglosajón en ese desglose de odio, frustración y desesperación, en ese “feeling”, en ese poderoso y llamativo tocar de guitarra, en ese desesperado grito de batería, en ese sordo, hueco y vacío grito grave del bajo eléctrico. El español es una lengua que queda mejor en canciones de amor, como los boleros o la trova. Incluso, la trova cubana, de la música de Silvio, que canta el pesado andar de su pueblo y los fuertes y hermosos sentimientos de su corazón.
Monólogo, que clase de nombre para una canción. !Y la letra¡. Me encanta, y ni siquiera entiendo por que. Como que despierta sentimientos en mi que no puedo recordar. Sentimientos que están pero ya no veo con claridad. Hay algo...
Esa canción me recuerda cuando viajaba con mi papá. Me encantaba verlo manejar, sentado frente al volante con su barba de carácter fuerte e intelectual. Ese olor característico a ropa guardada por varios años con profunda atención. Esa forma tan segura de manejar, que me hacía sentir que sin importar la fuerza de la lluvia o los fallos en el motor, siempre habríamos de llegar a buen puerto, con luz y agua caliente, con un refrigerador lleno de comida para descansar. Esa parte, “Por favor no se molesten, de pronto me estoy yendo, no vine a perturbarles, y menos a ofenderlos, vi luz en las ventanas y oí voces cantando, y sin querer ya estaba tocando” me hacían pensar en mi familia. En un extraño que llegaba a la casa, y veía una familia como la mía, y por supuesto que le daban ganas de entrar. Me recordaba a mi hogar, con piedra en la calle y risas sin parar, con el bello sonar de los niños, de vida, de cantos y juegos “en la alegría de ustedes, distinguí mis promesas, y todo me parece que empieza”. Creo que estaba muy contenta con mi familia. Creo que los extraño.
Yo...
No, no. No pienses mal, a ti te amo, y lo sabes bien. Sólo los extraño, pero no cambiaría nada por estar aquí, contigo, siendo cada día más feliz. Son etapas, son procesos, son ciclos. Ha terminado mi ciclo allá, y aunque quisiera ese ciclo no podría regresar, las cosas ya no son como antes. Pero ahora comienza mi ciclo aquí. Entre el poderoso calor de tus brazos.
Yo entiendo, sólo me puse un poco paranoico. Ya sabes como soy.
No te preocupes, así te quiero. Así te amo. Así me has hecho feliz.
Se dibujó una sonrisa en su rostro, una de las más bellas que su memoria podía guardar. Ninguna mujer jamás le había parecido mas bella. Ni siquiera aquella bella ninfa de faldas cortas postrada todo el día frente a la paletería, con su sonrisa de colección y sus hermosas piernas, o aquella fornida y suave dama de espalda ancha y ojos pequeños que tanto le había hecho disfrutar. Ni siquiera ella misma vista en otro andar, en otro tiempo, en otro platicar. Había sido un momento de maravilloso placer, de sonrisas suaves y tranquilas, apacibles como un mar de suave y tranquila noche invernal. Pero había sido, el rabo de nube acababa de pasar. Y se encontraba allí, de nuevo en su triste y bella realidad. De nuevo en su danza matrimonial del día tras día, del ya viví, que te vas, que estoy aquí, que no sé que.
El protocolo se había perdido, estaba seguro. No habría sexo ni helado ni playa. No habría largas noches tras el volante, con sus pequeñas piernas y su sonrisa a su lado, iluminando la oscuridad con palabras tan bellas como las de los protocolos anteriores. No habría piruetas y rizas en la cama, no habría mas pasión. No era como aquel ángel, que en su momento pasó “sin querer se hace una ofrenda, que pacta con el dolor, o pasa un ángel, se hace leyenda, y se convierte en amor”. Cuando todo pareció gris e irreal. Era distinto, era inseguro, pero era fatal. Había un vacío entre ella y él, un abismo y cruzar la calle.
Le colocó el plato con arroz, le regaló una bella sonrisa y se sentó. Él la miraba tan linda como siempre, tan elocuente y real. Pero seguía escondido, perdido entre su mente, y no podía salir, no podía sentir el momento en su totalidad. De nuevo era la vista la que cedía el espacio globular para el procesamiento de datos externos. La veía mover la cara como una muñeca, con su extraña y burda forma para tomar los alimentos y llevarlos a la boca, que le parecía tosca y falta de educación, pero que se mostraba por demás graciosa y natural, incluso linda y bienvenida al acostumbrado placer de verla comer. La veía mover la boca, para comer y para masticar. Para hacer muecas extrañas, mover la comida entre la lengua y pronunciar palabras sin sonido, palabras que salían al aire a platicar, a contar historias, a crear imágenes perfectas y totalmente adecuadas a la realidad, sin él saberlo, sin entender cómo o por que. Sólo mirándolas pasar como palabras, de una a una. La veía levantarse de nuevo, la veía ir y pasar, llenar los platos, recoger, venir, regresar. Sentarse ante él, sonreírle otra vez. Y de nuevo recordaba: ella estaba ahí. Nunca se había ido, nunca había dejado pesar sus dudas o su inmensa curiosidad de niña. Ella estaba ahí. Y él no entendía por que. O quizá era sólo que no quería saber. Pero ella estaba... “Ya no te espero, ya he liberado a tu patria, hija de una espera larga, ya hay un primero de enero que infunda a sus compañeros...”.
La música de Silvio Rodríguez seguía sonando en el reproductor, tan absurdo como el tiempo en el que lo compró. El día era claro, de azul tranquilo y nubes lejanas. La chica era simpática, desenvuelta y delicada, perfecta en todo lo que hacía ahí. Él se sentía cómodo, la comida era deliciosa, la música agradable y le incitaba a pensar. A recordar todo eso y recrear la naturaleza socialista de Yessenia. A traer esos pensamientos no solicitados a flote y volver a sentir, volver a recordar, volver a amar. Cuantas veces se había dicho eso, cuanto había amado, a cuantas mujeres distintas, en tantos tiempos pasados, todos pasados. Y ahora, seguramente frente al amor de su vida, dudando por un ligero tropiezo que su mente le causaba, por esa imaginación absurda y retorcida que le daba vueltas por el cerebro, que se pasaba de aquí para allá como en una feria, paseando y viendo cada una de las verdades presentes que sólo eran testigos de esa bella historia de amor. Cuantas veces había luchado, se había caído y se había levantado. Y ahora estaba perdido frente a una opción, llena de muestras intangibles y tan oscuras como su propia conciencia.
- ¿Has terminado? - le preguntó. El sólo movió la cabeza, asintió. Le había hablado, por primera vez. Había escuchado una voz en todo su oscuro y perdido viaje, en todo ese enredo de ideas abombonadas. Había recibido señales y había asentido. Se había creado una comunicación, después de tanto tiempo de sobrada soledad abstracta. Y ese ruido, esa bella voz entrando por sus oídos, ese grandioso alcance de atención, tenía una recompensa, una muy cara y valiosa. “Y mi amor es un arte en virtud...” ese amor... esa humanidad... “y mi amor es un arte en su edad. Te molesta mi amor, mi amor de surtidor, y mi amor es un arte mayor...”. La recompensa era la música, era la tranquila tarde, era la deliciosa comida, era el deseado y anhelado pozole, era la bella ciudad y las calles limpias, tranquilas. Era una tarde de tranquilidad, con el amor de su vida, era un soplo de esperanza, era un rayo de luz, era una isla en medio del mar, un amigo en la soledad. Era un hombro donde apoyar, era alguien con quien contar. La recompensa siempre, al final, era ella, su amor.