domingo, junio 26, 2005

Eri

- que tranza Miriam, no me pegues
- Ten teo, pégale con esto
- A simón ¿neta me dejas pegarle con tu Sherpa?
- ¡Si!
- Vientos, mira con este palo se te pudre la parte del cuerpo que la toque
- No te creo
- Neta, mira. Stallin ven tantito.
Le acerqué la “varita mágica” al distraído expedicionario para que este se quedara inmóvil. Como no pude demostrar mi teoría de que le tendría miedo me limité a decir simplemente que no funcionó. Pero parece que algo atrajo a un par de expedicionarias que habían estado platicando con el antes de que lo llamara. Y entonces la vi; después de casi un mes de no saber nada de ella estaba ahora hay frente a mi causándome dilemas en mi revuelta cabecita.



Hacía ya más de un mes que no la buscaba. Los martes eran los días menos pesados en la escuela. Cada martes yo salía de clases a las 12 si el profesor no se extendía hablando de gráficas estadísticas y métodos para calcular valores que nos pudieran ser útiles en muestreos forestales. Me dirigía al comedor central de la universidad a recibir una típica comida chapinguera. Salía del comedor y me disponía a uno de mis hobyys (disculpen mi ignorancia, pero si alguien sabe como se escribe esta palabra agradecería que me ayudaran) favoritos: caminar. Pasaba por el tanque abandonado y la unidad médica par ir a salir a la doceava compañía, recuerdo de mis días como chapinguero de tiempo completo. Finalmente llegaba a la vía del tren y caminaba poco más de un kilómetro para llegar a Texcoco. En los límites de mi pueblo que cada vez se acerca más a lo que es una pequeña ciudad, se encuentra la Escuela Preparatoria de Texcoco (EPT) con sus paredes grafiteadas y su patio lleno de cal y de cemento seco por los nuevos baños que acaban de construir. Llegaba aproximadamente a la una de la tarde, la hora en que Erica terminaba sus clases del día. Siempre la encontraba sentada en una jardinera sola, rodeada por todas sus amigas o simplemente con Elizabeth, una amiga suya que me presentó en alguna de mis pocas visitas; me parecía una muchacha simpática y agradable, aparte de que compartíamos los mismos gustos musicales, la chica era una estrella del pambol en su escuela y fanática de los deportes. Erica y yo nos quedábamos solos platicando alrededor de una hora (solo en una ocasión se nos sumó Elizabeth), y a las 2 de la tarde, hora en que salían sus demás amigas, buscaba a alguna para tratar algún asunto pendiente del día y después nos íbamos. Caminábamos por todo Juárez hasta llegar a la México Texcoco ó, en los tiempos en que iba a sus cursos para entrar a la universidad, la acompañaba hasta el instituto donde tomaba las clases, cerca del Aurrera.



Cada martes era semejante, a pesar de que no fueron muchos por que un martes llegué tranquilamente caminando como de costumbre y no tuve que entrar a la prepa para verla. Estaba afuera, al otro lado de la calle sentada con un joven al que reconocí inmediatamente. Lo conocía por ser hermano de un buen amigo que tuve hace tiempo. Los vi sentados platicando a la sombra de un ficus, el se veía bastante seguro y ella muy alegre y contenta (bueno, más de lo normal). Los saludé de lejos con un movimiento de manos y seguí caminando hasta llegar a la esquina y dar la vuelta. La principal razón por la que no me quise acercar fue que aquel muchacho había sido su último novio, y me habían llegado los rumores de que quería regresar con ella. En mi larga caminata hacía mi casa, lo único que pensé al respecto fue que era más fácil que una persona le recordará por que la conquistó, a que alguien nuevo comenzara desde el principio a conquistarla. De hay en fuera me hice preguntas terribles. No por la magnitud de las preguntas, si no por que sabía claramente la respuesta, y sabía que era terrible.



Caminé varias cuadras indiferente a todo lo que pasaba a mí alrededor. Después de deducir lo de la conquista, las otras preguntas daban vueltas en mi cabeza como fantasmas, pero no quería preguntarme y responderme hasta que entendí que solo así me dejarían en paz. Y entonces salieron como en un desfile de modas, paseándose por mi cabeza presentando sus mejores galas: ¿Por qué no me dolió? ¿Por qué no me importaba verla con otro? ¿Por qué la había dejado así nada más sin hacer nada al respecto? ¿Por qué ni siquiera tenía ganas de platicar con ella?. Llegó algún indicio de querer platicar con ella a mi cabeza, pero decidí que no quería, y la respuesta de por que no quería era la misma que a las otras preguntas: por que había otra mujer que me importaba más. La respuesta era aterradora. No había problema en dejar a Erica así, en un idilio o una simple fantasía. El problema fue que me di cuenta de que estaba enamorado de una mujer que no me correspondía, y que sencillamente no debía enamorarse de mí. Esas ideas me dieron vueltas en la cabeza hasta que finalmente, dos semanas después, un viernes antes de escribir “Espero curarme de ti” y después de componer una canción en mi guitarra, le llamé por teléfono para poner fin a todo eso.



Han pasado muchas cosas desde entonces, y la verdad es que no me he arrepentido de ninguna. Pero ayer que volví a ver a Erica después de tanto tiempo, vinieron a mi mente muchas cosas, entre ellas una fabulosa pregunta ¿Por qué dejarla ir de nuevo a cambio de una mujer que tal ves nunca podrá ser para mi?. Ayer, después de que la tuve delante de mi decidí que no sabía la respuesta a esa pregunta, que la debería buscar, pero no cerca de ella. Por lo que estiré mi mano Izquierda y comencé a despedirme de todos los presentes.

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