Tal vez sea sólo que no me gusta ser el anfitrión. Ni el centro de atención. Por eso me pongo de malas. Como quiera que sea, mañana comenzaré a caminar desde temprano y esta vez no dejaré que nadie lo eche a perder.
Yo no se si la noche siempre es igual o adquiere más magia una vez que uno le pone atención.
Texcoco tiene vida por la noche. Lo se por los gatos que gimen a la intemperie, echados a la luz de los focos esperando a que la comida de la noche salga tarde o temprano de entre el basurero.
La televisión estaba prendida. Lo supe por que los diálogos llegaban hasta mis oídos como si yo estuviese viendo el programa. Y mientras escuchaba una voz afeminada decir “vamos, tenemos que hacerlo” me preguntaba como sería vivir como ese hombre que miraba la televisión entre los arcos de Texcoco, con un colchón de esponja y unas cuantas cobijas, aislado por unos cuantos cartones, entretenido por la estupidez de un monitor, durmiendo entre las ratas que roen los desperdicios del mercado municipal y el ir y venir de los pocos vagabundos sin nada mejor que hacer como yo. Me preguntaba eso y me preguntaba si yo debería tenerle miedo al hombre que caminaba frente a mi o si el me tendría miedo a mi. Como sea, la señora que pasó después se hizo a un lado, seguramente por mi barba de poco más de un mes y mi greña alborotada por el estrés del día. A la vuelta, el corredor yacía tenuemente entre los faroles que el ayuntamiento colocó hace poco a lo largo del corredor. La marisquería esperaba impacientemente al trabajador matutino, pues el turno de la noche la había dejado en zona de desastre, con las mesas alborotadas, un montón de utensilios encima y un poco de basura dentro. El letrero de corona iluminando el refrigerador me hacía preguntarme como sería la vida dentro de esos concurridos lugares, llenos de gente durante el día, casi muertos durante la noche. Una tienda con luces encendidas por con cortinas cerradas, una licorería abierta a unos cuantos pasos de otra licorería más grande. La serie de cortinas del lado oeste del mercado cubiertas por la basura de la noche y un pepenador buscando pet, buscando cartón, buscando una especie de reproductor que no alcancé a distinguir bien por la distancia, pero que parecía no servir. Si no fuera por personas como él, la sociedad entera estaría más podrida. Creo que nunca había notado que ese lado del mercado tiene un segundo pizo. Uno con cuartos viejos y abandonados, cubiertos por el polvo y por triques y cachivaches olvidados, cuartos despintándose, con la facha de un despacho en desuso, unos con cortinas, unos con persianas, unos hasta con cristales inquebrantables, pero todos llenos del mismo aire frío que sacude la vida de los lugares abandonados al tiempo. Y mi mente viajaba tratando de hacer literatura mientras me preguntaba que habría ahí, para que habrían servido, por que estarían así o incluso cómo accedería uno ahí. Y mientras pasaba al lado de los estacionamientos cerrados recordaba algunas novelas de García Márquez, vivir para contarla y el montón de fantasmas que la mente humana puede crear para convertir un simple cuadro monótono y aburrido, en una fabulosa e interesante novela. Entonces aparecían frente a mi personajes peleando, discutiendo, mujeres dando a luz entre las verduras, hombres peleando por un taco, perros robando piezas de pollo completa mientras una rata se orina sobre la milanesa que será usada para las tortas dentro de unos minutos. Personajes de tan variables características que la imaginación y la magia comenzaban en esos cuartos abandonados y terminaban en la esquina de los tacos con tres jovencitas coqueteándole al taquero. Y la ilusión moría con ellas por que la siguiente calle era una de las más utilizadas en mis días más comunes de vida. Una calle tan visitada por mi, que yo jamás había reparado en el portón del camión de carga que está antes del Bar chucho “Los candiles” y que me hacía dudar si el bar estaba piñata y cucho y se llama los candiles o si el bar se llama chucho y tiene candiles, o si el dueño se llama Jesús y el bar se llama Los candiles. Como quiera que la nomenclatura de este bar se halla dado, tendrá su historia que también despertó una enorme curiosidad; pero la pulcata, los billares florida y y el bar “El apagón” seguían ahí, iluminados como siempre, rellenos de borrachines ociosos de barba rasposa y vos aguardentosa. Un estacionamiento frente al otro y el mercado pequeño, con los escalones de siempre, con la mugre de siempre, con la basura de siempre, con los ruidos de siempre, con la señora de siempre. Esa señora que ya es todo un personaje en mi vida por el simple hecho de doblarse todas las noches sin falta a tallar el piso del mercado con sus propias manos. A veces pienso que el mercado fue creado con ella por que su joroba se adapta al dobles exacto que requiere para tallar, y por que todas las noches que paso por ahí para llegar a mi casa, sin importar el día ni la hora, está ahí, barriendo y tallando los pisos del mercado para el día siguiente. Algún día me sentaré toda la tarde para ver como comienza la faena y como es su relación con el resto del mercado, para seguir todo el proceso de cerca hasta que culmine. Entonces volveré a mi casa, escribiré una historia basada en mi mala memoria y mis recuerdos, y regresaré a ayudarle con la faena. En agradecimiento por la historia generada. Y mientras eso pasa, seguiré caminando por la calle “Campos floridos” y por la “Venustiano Carranza”, viendo algún hombre sacar un costal de una caja para liberar a un gato que no para de chillar, viendo una motocicleta con cegadoras luces amarillas de neón, recordando a los gitanos que ya no están, o a los camiones de redilas que se estacionan frente a la casa del campeón con sus catres y sus televisores adaptados a la parte trasera, escuchando el barullo de una fiesta de media noche o el de los perros de edificio en el que vivo.
A veces pienso que las noches son como las estrellas en el cielo: llevan tanto tiempo ahí que ya casi nunca volteamos a verlas. Pero cuando volteamos nos pueden sorprender.
3 comentarios:
-¿Cómo comienzo... bueno creo que con algo común...como- Hola! n.nU
Bueno la verdad es ... que llegué aquí buscando algo absolutamente nada que ver con lo que 'encontré' -sí, yo buscaba "The Fourth Avenue Cafe", de "L'arc~en~ciel" para que me ayudara en mi terapia de sentirme algo mejor- pero me distrajo tu laargo texto, lo siento, no pude evitar leerlo.
Me perdí en tus excelentes descripciones de cada uno de los aspectos de las calles de aquel lugar y me quedé meditando sobre algunas cosas en las que también he pensado. También me gusta caminar -la verdad es que no sé si a ti te gusta... pero he llegado a la conclusión de que sí... puede corregirme si estoy en un error- y observar cosas, lugares... personas.
Bueno, el punto es que después de leer tu -su?- texto, me dije a mi misma 'tienes que saludarlo' y aquí estoy, saludándote (: y felicitándote por escribir tan bien -no es que sea una gran crítica ni nada de eso, sólo quedé prendida con el texto-.
Cuidate!
Tiene partes con muchísima fuerza y otras con muchas disgreciones
Bueno me refiero a los elementos que pueden salir del texto, las cosas sueltas que se pueden omitir, pero obviamente eso depende del espiritu con el que hagas el texto. Saludos
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